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Sin Para Qué

Laura Garaglia
Bs. As., Julio de 1999

Yo está sentada con las manos sobre las rodillas. Está tan quieta como se pueda imaginar. Mira fijo un punto o dos. A su alrededor todo está muy oscuro. El banquito sobre el cual está sentada es un banquito común, de madera, pero el piso no se ve. Probablemente esa sea su casa, o el lugar en donde vive, si es así, todas las luces están apagadas, Yo está iluminada por un reflejo de luz, como por una luna, pero no necesariamente es de noche.

No se podría decir que es joven, ni que es mayor. Eso no se nota mucho, a simple vista. Su cara es tan neutra. Hay una especie de rictus en sus comisuras, pero no llega a ser un gesto, es como si estuvieran trabados sus labios. Desde donde se lo mirara, podría parecer una mueca de desagrado, angustia, hambre, queja, o no se vería.

Podría no ser una mujer, si uno se descuidara, pero no, es mujer, porque no tiene cara de hombre. Además su piel es muy lisa. Los ojos fijos parecen de maniquí.

Por lo demás, su cuerpo no está cubierto por ropa, sino por artículos de ortopedia.

En su cuello un collar.

En su pecho un corset.

En sus caderas y pelvis una faja muy ajustada.

Sus piernas desnudas.

En sus pies unas botas acordonadas con plataforma.

Todo es ortopédico, está muy rígida.

Las botas son de cuero muy duro, y tienen plantillas con arco ortopédico.

La faja le ajusta mucho, entonces entre la faja y el corset, que también ajusta mucho, le sale un rollo de carne blanca.

El corset es de ésos para enderezar la columna. Atrás en la espalda se ajusta con tiras con abrojos. Le cubre los pechos y llega hasta la cintura. El corset tiene la forma de los pechos, es un corset ortopédico para mujeres.

El collar le mantiene la cabeza erguida.

Las piernas desnudas, las manos sobre las rodillas.

Desde otro punto, si nos moviéramos, la misma luz que ilumina a Yo nos dejaría ver en el piso la forma de un par de muletas.

El otro se encuentra en un lado otro. Que no es tan oscuro.

Está vestido con ropa de trabajo, como un obrero. Por eso no dudamos de que sea un hombre, aunque tiene rasgos muy delicados, femeninos. Pero no nos confunde eso porque hay más luz donde está él.

No está lejos de Yo. No está con ella. Pero desde donde está la mira muy fijo, como vigilando. A veces deja de mirar a Yo y le da la espalda. Una espalda grande. Un cuerpo grande que empequeñece mucho al de Yo, en comparación.

El otro tiene guantes de albañil, de ésos para agarrar los ladrillos. Tampoco gesticula, pero a veces hace una mueca, que pretende ser amable.

El otro está parado, hay más luz donde está él, pero no se lo ve todo. Si esa es la casa de Yo, él está afuera. Pero igual la puede mirar. De allí donde sea que estuviere, El otro siempre puede mirar a Yo.

Yo y El otro tienen un aura oscura. Están bañados por una luz inmóvil. El silencio es infinito.

Si hablan, sus voces apenas rompen el silencio, como una gotera en la noche.

Si hablan, apenas pueden ser escuchados.

Si hablan, nunca se dirigen el uno al otro.

Yo:

Y seguir adelante, con ese gusto pastoso y amargo en la boca. La subversión de la saliva. Al principio no se dio cuenta de que esa sensación iba a ser constante, lo atribuía al poco descanso, a la aceleración de la vida, o al algo que había comido, desde una pobre e indefensa fritura, hasta una sopa de verduras vencidas, o un café con margarina, porque no tenía crema. Pero todo era más terrible, y en última instancia, menos vomitable.

En un momento llegó a la conclusión de que nada importaba, de que todo eso que sentía en el pecho, si tuviéramos que instalarlo en una parte nominable de la anatomía, esa constricción, a quién podría importarle, y que ni siquiera debía preocuparle por tanto, pues qué era uno sino un punto instalado en un espacio y un tiempo inconmensurables y bla, bla, bla. Es decir, se acordó de Borges.

Pero llegó el día en que casi no pudo moverse. Estaba acostado en posición de cadáver en féretro, para ser gráficos, y quiso incorporarse, sentarse en la cama, para luego inclinar sus rodillas hacia el piso para apoyar las plantas de los pies en el mismo y pararse, levantarse de la cama, hacer su rutina diaria, empezando por lavarse los dientes para quitarse ese gusto pastoso y amargo de la boca, mientras como todas las mañanas ante esa sensación, pensaba en visitar al dentista, porque le sangraban mucho las encías durante la noche. Pero el caso es que no se pudo levantar. Técnicamente, no pudo doblar la espalda hacia arriba, en fin, lo que se llama incorporarse, no pudo. No se atrevería a echarle la culpa a eso de la alimentación, ni mucho menos a lo de las encías, porque este era un problema básicamente muscular, o de articulaciones, digamos del exterior del cuerpo, que ya estaba el pobre llamando la atención a como diera lugar.

Al fin reptando un poco, poniéndose boca abajo y alargando los pies hasta tocar el suelo frío, se pudo levantar, y eso, no podía negarlo, debía tomarlo como un triunfo. Entonces comenzó a preocuparse, un poco. Se dio cuenta porque mientras se cepillaba los dientes, ni sombras del pensamiento de lo del dentista.

En algún momento iba a tener que hacer algo al respecto, antes de amanecer cucaracha o alguna cosa mucho más terrible.

Así, bueno, sufrió un exceso de pensamiento. Es como si se le hubiera pasado de vueltas el pensamiento y llegó un momento en que le costaba verbalizar, porque, claro, al ir la cabeza tan rápido, cómo explicarlo, no podía elegir qué decir, ni cómo, porque no podía decidir entre la idea presente y la idea anterior y la posterior que mientras intentaba articular sonidos ya era la presente, la pasada, la próxima, y la idea, el pensamiento venidero, pasaba a conformar la gran masa de pensamientos pasados, de modo que cómo, cuándo decirlo. Su conversación, por tanto, era verdaderamente caótica, y sufría, claro, como una madre.

En un momento sólo y apenas, podía decir su nombre, articular los fonemas de esas cinco letras, por eso no tuvo problemas para ir al médico, cuando la chica le preguntó por su obra social, se la dijo, no sin tartamudear. El médico le dijo: estrés. Descanso, reposo, sahumerio, música incidental, yoga, y qué sabe dios, pero ahí sobrevino el no poder levantarse de nuevo, el estar literalmente paralizado en su cama de una plaza y media, con poco abrigo claro, porque era verano, como siempre, porque estos problemas se daban en verano, vaya a saber por qué, tal vez el aire estival afectaba algún parámetro de la conciencia, aunque mejor no hablar de lo que no se sabe. En un momento empezó a refrescar un poco, ya entrado febrero y necesitaba más abrigo porque esas tormentas de verano traen un vientito fresco, se sabe, frío diríamos mejor. Entre el hambre, de estar ahí tirado en la cama sin poder articular no sólo el lenguaje, sino tampoco las articulaciones, y el frío de una ventana que no podía levantarse a cerrar, en fin, y cosas un poco más feas de decir, como sus necesidades fisiológicas, digo, entre toda esa calamidad y la deshidratación y todo aquello con lo que no podían, ni él, ni su lengua, ni su cuerpo... entre todo eso, no le quedó otra, tuvo que estirar sus brazos hacia el teléfono que tenía tan cerca, marcar, y llamarme. Llamarme a mí. El pobre.

El otro:

Está bien. Decide contarlo así. Pero no es cuestión de tomar por cierto lo primero que se oye. Sopesar la cosa y elegir, cada uno con su cabeza. me gustaría decir que yo no sé de qué está hablando ni sé si está hablando de mí. A cualquiera le sangran las encías. Pero pienso que tal vez debería defenderme. En mi defensa digo entonces, que a mí me gusta ver la parte linda. Soy una persona normal y como tal, como a cualquiera, me gusta que se hable de mí, a qué negarlo. Pero la parte linda.

Yo:

Por supuesto que no fui. Sonó el teléfono: le dije ¿Quién habla?.

Podría reconocer su voz a diez mil kilómetros de distancia, aunque me hablara desde un pozo ciego. Le dije que quién habla. Me molesta tanto cuando hace eso. Qué le costaba decir: necesito a alguien que me venga a sostener el papagayo. Pero no: Hola, preciosa. Se estaba pudriendo entre su mierda y Hola, preciosa. ¿Quién habla?.

No es cinismo.

Me quedé pensando. Después encendí la radio. Había un tipo hablando. Al principio creí que era un cura, pero no, era un pastor. Y hablaba y decía: Cristo sana, acércate a Cristo, el que nada te pide y todo lo da. Bendice su nombre y dale tu vida, sé su esclavo. El te ama. Te dará todo, te dará vida, la vida que tú deseas. Y El será tu música, tu presencia, tu perdón, tu permiso. Vivificará tus oídos con palabras: Sus palabras. Esperanza Esperanza Esperanza. Aleluya y aleluya.

Y todo así. Me sentí extrañamente desprotegida. Se hizo una tormenta en mi cabeza, con todas las palabras que había adentro. Se juntaban, se chocaban entre sí, se apiñaban, tomaban una forma idéntica unas con otras, como aceitunas en un frasco. Sé su esclavo, sé su esclavo.

Me di un baño de agua fría, porque me empecé a sentir afiebrada. Después salí sin rumbo predeterminado.

El otro:

Vino a mí.

Yo:

Todo bien, digo siempre. Es una frase muletilla para mí. Todo bien: de esas palabras no se puede desprender otro sentido más que lo que dicen letra por letra. Como una afirmación categórica. Eso lo digo ahora, no siempre me doy cuenta de que lo que digo quiere decir lo que dice.

Le recomendé una enfermera, simplemente. Y que se arreglara. Me preguntó si la conocía, si tenía referencias de ella. Mi palabra, le dije. La enfermera es una pinturita, toda de blanco, con la gorrita y todo. Eso de la cabeza, la ¿cofia?, con eso y todo, no le iba a mandar a cualquiera, por supuesto. Ella sabría tratar mejor que cualquiera un caso como éste.

El otro:

Es algo que se empieza a armar. Como un núcleo, pequeño, ínfimo. Que comienza a expandirse. Se va inyectando entre sus partes un aire que lo obliga a ir más allá, a desplazarse, a ocupar más lugar. Entonces es así. Más y más aire, porque el aire no deja de suceder. El núcleo inflamado no es más un núcleo, sino un centro y todo lo demás sigue su viaje, afuera, afuera. Uno asiste a eso sin poder hacer nada. Parte de la expansión, uno no puede dejar de tragar y escupir aire. Uno asiste a la conformación de un universo del que no se puede escapar.

Solamente me gusta mirar fotos y pensar que ése, el de las fotos, soy yo, solo ése y no esto que soy ahora, y ése el tiempo que yo viví.

Yo:

A veces me gustaría que todo fuera más simple. A veces no. Bueno, porque por algo todo es como es. Pero es cierto que no sé, poder decir y decir con las palabras justas.

Entonces todo fue así: cayó un rayo sobre el lomo del corcel, y éste cayó como si fuera una paloma. Cayó. La tierra se levantó entonces en forma de polvareda, volatilizada por el peso del caballo, y la violencia de la caída. El caballo herido casi dio un grito, y yo, que lo montaba, caí a mi vez como una bolsa de papas. Caí de culo, y me quedé mirando al caballo sentada en la misma posición en que miraba la tele de chiquita, con las piernas estiradas, con las manos apoyadas en la tierra.

Pero tampoco me gusta hablar así. Inventar una historia no es decir algo, es no decirlo, es nada. Es preferible dejar hablar a los hechos, dejarlos que se sigan sucediendo.

El otro:

Quiere escarbar y escarbar, pero le faltan uñas para eso.

Yo:

A veces pienso en la maldad, mi maldad. Por qué siempre buscando ser buena, si soy buena para nada.

La cosa siguió así: jarabe, papilla chirla, manzanita rayada en la boca. Pildorita, y así. Una enfermera de lujo.

El Otro:

Lo inmaterial.

Yo:

Después va a venir con eso de la soledad: Siempre estamos solos. Siempre.

Yo me desintegré. Esto no debe ser tomado como una imagen.

Desaparecí. Puedo decirlo ahora, aunque me costó aceptarlo. Claro: que a mí también me pasan cosas. Me costó mucho. Eso: ver que no estaba en ningún lado. Que mi cuerpo dejó de existir fácticamente. Yo había desaparecido. Mi materia no estaba en ningún lado. No estaba entre la materia de las demás cosas. No estaba en mi casa, ni en mi cama, ni en la calle. No estaba en el aire, ni en el piso, ni debajo del piso, ni arriba del aire. Ni estaba en un frasco, ni en el agujero de un enchufe, ni en la masa del pan. No era mosca, ni cucaracha, ni agua, ni sonido. Nada.

Casi se podría decir que no era. Entonces nada, por tanto, podía hacerme daño, pero tampoco nada podía hacerme bien, o darme gusto. Era la nada: ni dolor, ni placer. Ni sufrimiento, ni gozo. Yo era estaba en la nada y nadie me encontraba porque, obvio, yo no estaba ahí. No, ni adentro, ni afuera. Ya no sé cómo explicarlo. No es una figura, no es una metáfora, fue así. No sé cómo explicarlo. Yo sabía que esto era así, y nada. No podría decir que flotaba, porque no hacía nada, nada eso solo nada.

Claro que seguramente es necesario que yo encuentre la manera de decirlo verosímilmente, explicar cómo, de qué manera sucedió. Cuál fue el dispositivo, que no un mago en medio del show, que provocó esto, que esto sea posible, es decir: cierto.

Luego, claro, nada volvería a estar en su lugar.

El otro:

teoría todo justi fi intenta
miente eso dice yo dice po si ble

Yo:

Su discurso era verdaderamente caótico.

El otro:

No.

Yo:

Dos palabras seguidas. Simplemente no podía.

El otro:

mentira verdad no lo inmaterial

Yo:

Ya todo existe. Todo. Y por eso se puede inventar. Digo lo que digo, asevero. Soy dueña, soy pobre.

A veces, claro, pasa algo que es como una fricción celular. Algo, como células que se friccionan acomodándose o desacomodándose. No sé en qué parte del cuerpo.

La conciencia tampoco sé dónde está.

No me gusta hablar de mí: queda mal.

El otro:

Escarbar. Se aprovecha de la mala memoria de los otros. El universo es un solo cuerpo: el suyo. Se aprovecha. Para qué quiero algo mío si no lo puedo guardar bajo llave.

Yo:

Desparramado en el piso. Un hilo de vómito en su comisura. Así lo encontré cuando llegué.

El otro:

Mi imagen es persistente.

Yo:

A las diez de la mañana, ya bañado, limpio, acicalado con agua de colonia, por una enfermera meticulosa. Abre los ojos, no sabe dónde está.

Once de la mañana: No sé dónde estoy, dice.

A las trece horas, siente las tripas retorciéndose de hambre.

Doce del mediodía: llama a la enfermera: Enfermera. A las quince horas, siente gran angustia por el hambre. Angustia moral.

Catorce horas: la enfermera no le contesta. Diecisiete horas: hace un intento vano por levantarse. Catorce treinta: Llama nuevamente. Un esfuerzo por gritar descontroló sus esfínteres, un poco. Dieciséis horas: pequeña ensoñación.

Diecinueve horas: tirado en el piso, piensa en todos los esfuerzos que deberá hacer para sobrevivir a la situación. Diecisiete cuarenta y cinco: se desploma en el piso, como un sapo reventado. Diecisiete quince: comienza a moverse lentamente, para salir de la cama.

Veintiuna horas: recupera el ritmo de su respiración. Diecinueve cincuenta y uno: mueve todo lo que puede mover en su cuerpo, poco más que los párpados.

Veinticuatro horas: llego. Lo levanto del suelo, me contracturo, me quedo doblada de dolor, él se desploma y cae, y yo caigo a su lado.

Veinticuatro quince: ambos lloramos.

Veinticuatro siete: no puedo enderezarme.

Veinticuatro treinta: apenas puede moverse, me aprieta un poco un dedo con su mano. Muevo el brazo y lo paso por el costado de su cuerpo, como raspando.

Dos de la mañana: Me despierto, lo despierto, pero no puede reaccionar. Recuerdo nuestro llanto, lloro a mi vez. Si pudiera colaborar un poco.

Dos treinta: logro acomodarlo en la cama con mucho dolor y esfuerzo. Le cambié las sábanas. Mi espalda grita.

Dos veinticinco: como duerme, puedo limpiarlo un poco.

Tres horas: como duerme, puedo irme.

Tres quince: como duerme, pude nunca haber estado ahí.

Dos quince: apenas, entre sueños densos, No sé dónde estoy, dice.

El otro:

Tiene un olor muy fuerte en sus manos. En mi sueño, sus manos están frías, y muy inmóviles, casi todo en ella. Inmóvil. Y en sus manos un perfume muy fuerte. No olor, sino perfume, pero muy fuerte.

Yo:

Qué agotamiento. Claro que la pagué yo, quién si no.

Mi tía se convirtió a una religión que le obliga a entregar un porcentaje de su sueldo, que se llama diezmo. No es como la cooperadora del colegio, ni como una cuota fija del club, porque depende del sueldo de cada uno. Un porcentaje del sueldo que fuere. Entonces a veces pienso que es un poco así. Digo, como un diezmo. No importa lo que uno gane, a veces más, a veces menos. Uno siempre está debiendo una parte.

El otro:

Yo.

Yo:

Saco mi centímetro. Oigo voces. muchas voces, sonidos que se entrecruzan. Algo lejano, casi una música de fondo, que persiste, ruidosamente. A veces se puede reconocer alguna que otra palabra importante, pero cómo saberlo. Es solamente cuestión de elegir. Saber es elegir. Yo saco mi centímetro, y mido. Yo mido todo. Es simplemente para adaptarme al mundo. Mido.

Esto me causa angustia, no voy a negarlo. No es angustia, sería cuestión de cambiar esa palabra, después. Me causa inquietud. Soy por naturaleza inquieta. Las voces se entrecruzan. Es necesario medirlas. Sopesar.

El otro:

Una vez tuve miedo. Perdí certezas. El miedo es perder certezas. Yo no sabía qué era, tal vez de tan cerca que estaba. Tengo un problema en la vista que me impide ver lo que tengo más cerca. Es un problema de foco. Puedo hacer foco en lo que está lejos, hasta incluso en lo que no es. Pero me cuesta horrores, me es casi imposible ver en foco lo que tengo ahí: exactamente adelante. Entonces tuve miedo. Era imposible medir su cercanía y no podía ver, pero sentía una cercanía y no podía medir cuán cerca, cuánto acechaba. Temí por mi vida. Quise con todas mis fuerzas, como nunca antes había querido nada, quise huir. Y lo hice. Siempre puedo hacer lo que quiero.

Yo:

Se cruzaron nuestras miradas en el medio de una fiesta. Las miradas iban llevando adelante su itinerario de iluminarlo todo. Verlo: posarse sobre los distintos sitios y ver las cosas. Estábamos lejos uno del otro, pero nos vimos, nos chocamos las luces de las miradas. Sí: es cursi. No fue la primera vez, fue una de tantas. No estoy diciendo nada importante. No era seducción. Claro, eso le quita cursilería, un poco. No, nada, fue chocarnos. El intentó hacer un gesto. Yo no lo entendí.

Bla... bla... Le cuesta tanto hablar al pobre.

El otro:

todo e nra r e ci do.

Yo:

Relato de mentiras. Ahora ya nada es lo que era. Todo deja de ser lo que una vez fue. Siempre solos.

Después de la desmaterialización quedó todo enrarecido.

Y no era como fantasmagórico. Era otra cosa. Después sentía que todo se quería acomodar de nuevo. La materia volvía a un sitio que fuera suyo, queriendo acomodarse. Pero nada fue... todo fue raro. Enrarecido.

El otro:

Queda mal, preciosa.

Yo:

Se comportó como una verdadera ineficaz. Es un adjetivo calificativo, sí. Lo fue. Fue ineficaz. Reconozco que me equivoqué. En los hechos, ella no supo manejarlo. En la teoría, todo bien. Era una enfermera erudita. Pero en la práctica.

La educación nacional tiene ese problema.

El otro:

Nada que decir.

Yo:

Todo así. No iba a hacerme cargo yo. Es prácticamente imposible interactuar. Intercambiar. Qué, si no tenemos nada.

Me gustaría seguir pensando en eso, pero no puedo. Es arduo el camino para recorrer, descorrer, recuperar todo para poder decirlo para que sea. Apariencia del invento.

Una sonrisa tensa en el medio de una fiesta, porque no se sabe qué hacer.

El es así, le gusta ser así. No puedo decir que no me lo agradeció. De alguna manera sí, me lo agradeció. Pero de alguna manera. Algo extraño, por cierto. La cuestión es que nunca se tiene lo que se espera, pero algo se tiene, al final.

El otro:

Es necesario aclarar que le falta calle.

Yo:

Fue siempre necesario que se lo explicara todo. No sé por qué, tiene la percepción muy acotada. Su visión del mundo es pequeña y barroca. No le permite saber que sabe lo que sabe.

Por eso, a veces pienso que yo inventé todo.

Me siento un poco sola.

Es una idea que persiste. Tejo y espero: invento. Imaginación nunca me ha faltado. Mi visión del mundo no es tan acotada. Admite la invención. Por eso es necesario explicar y explicar tanto. Tejo y destejo: detengo el tiempo, como ella.

El otro:

Mi ceniza sale del lecho de la hoguera. Se desprende del fuego y va sobre el charco, sobre el riachuelo, sobre el océano.

Yo:

"Verde estaba la uva", dijo la zorra.

El otro:

Me pareció verla cuando se iba. Su espalda. Y éramos tan infelices. Creo que me había dejado la radio encendida, muy bajito. O tal vez la radio estaba en mi cabeza.

Yo:

Está tan cansada su cabeza de buscar palabras. Y no las encuentra, no hay caso. No encuentra las palabras.

Es triste, será que no tiene nada que decir.

Es triste, será que no tiene nada que decirme.

El otro:

Sin embargo en la foto, todo no era así. Ahí están las fotos. En una caja. Y todo es tan lindo, distinto. En el Paraíso de la Divina Comedia había una foto suya.

Yo:

Ordenamos todo lo que hay en la mesa. El café amargo, qué asco. Todo. Lo acomodamos simétricamente, porque somos obsesivos. Una patada debajo de la mesa. Pero no.

El otro:

Se iba su espalda.

Yo:

La uva. La zorra.

El otro:

Maneras de poseer.

Yo:

Un día, a su lado. Mi cara se volvió hermosa. El lo entendió, pero se hizo el idiota. El elige.

Mi discurso es así, solitario. Digo yo, me escucho yo. Lo digo para escucharme.

Así pasa el papel.

Yo también soy mala: lo llamé, ¿Cómo estás?, Solo, me dice. Voy para allá, digo yo. No fui nada.

Me quedé muy quieta. pensando: si quiero voy, si quiero no voy. Soy mía.

Así pasó el tiempo.

El otro:

Todo lo que hace me contiene. Sé siempre lo que va a decir. Cuando se queja, cuando se ríe. Ella lo mide todo. Yo sé siempre, yo sé todo. Pero todo es inasible: no se puede poseer el aire.

Yo:
La mentira es un ritual. Como todos los rituales tiene reglas. Los rituales requieren de la cooperación de todos los participantes.

El otro:

Yo no sé mentir, porque sé olvidar.

Yo:

Qué desperdicio. Yo quería hacer una ensalada de tomates con orégano. Fui a la verdulería, a comprar los tomates. Miré todos los cajones de tomates, elegí el de los tomates más rojos, Quiero un kilo de éstos.

El verdulero buscó los más verdes entre los rojos. Yo lo miraba atónita. No podía no ser a propósito. Yo lo miraba, pero no decía nada.

Me sentí golpeada. Después en casa, tuve que tirar la mitad. Por qué, si yo había elegido los más rojos. Ya sé que no tiene nada que ver. Pero hace tanto que estoy diciendo.

El otro:

Guardo sus palabras en una canasta.

No lo sabe. Después, con mi flauta, hago bailar a las palabras dentro de la canasta. Como a una serpiente encantada. No me importa nada, no me importa el ruido insoportable que producen.

Yo:

2.5 centímetros. Nos tratamos de acostumbrar a todo. 4.35 centímetros. Acomodamos el culo en donde hay lugar, así. 7.15 centímetros. Y no nos interesa el tiempo perdido, queremos tenerlo todo, pero no. 12.4 centímetros. Todos los rituales requieren de la cooperación. 19.7 centímetros. Reglas, pautas, roles. 24.14 centímetros. No sabe hablar, él. 30 centímetros. Pero siempre sabe cómo llamar la atención, eso sí. 37.40 centímetros. Fue un momento trágico, vomitar siempre es tan feo, más cuando te sangran las encías. 47.30 centímetros. Una pena. una desaparición involuntaria. 51.1 centímetros. Porque nunca hacemos lo que queremos. 60 centímetros. Le gustan los palmitos, pero yo se los escondí. 74.5 centímetros. Tenía miedo de que los vomitara. 82.2 centímetros. Como esa vez no fui, no atendió más el teléfono. 95 centímetros. Orgulloso. 98.8 centímetros. O tal vez estaba muerto. 1 metro. Cómo saberlo. 1.05 metros. Ahí encerrado, qué asco. 1.20 metros. Muerto de puro orgullo. 1.25 metros. Y yo qué sé, yo qué sé de vómitos. 1.31 metros. Y baba, y yo sin cuerpo. 1.41 metros. Tal vez es cierto que fui a él, por si estaba muerto. 1.45 metros. Yo no soporto la intriga. 1.46 metros. Soy tan inquieta. 1.47 metros. Y tal vez golpeé, golpeé, así fuerte la puerta. 1.48 metros. Pero no puede ser, pero quién sabe. 1.49 metros. Me sangró el puño y rajé la madera de la puerta. Imaginé el moho y el vómito. 1.50 metros. Eso soy yo.

El otro:

Belleza.

Yo:

Pena.

El otro:

La contingencia.

Yo:

La continencia.

La sombra de una hoja parece un murciélago.

El otro:

Un grito sin sonido.

Yo:

La contingencia. Y todo era así. Todo así como lo había pensado, si lo pensé.

El otro:

Una ceniza flotando.

Yo:

Pero no lo pensé.

El otro:

O sí.

Yo:

Daba asco.

El otro:

Invierno, verano, invierno.

Yo:

Lo sucesivo. Un murciélago esconde a un vampiro. Todo como lo suponía.

El otro:

No estaba muerto, entonces.

Yo:

Lamentablemente. Tuve que tirar todos los tomates.

El otro:

La foto de un tomate. Vino a mí.

Yo:

Invento.

El otro:

Pena.

Yo:

Yo.

El otro:

Na da a s í

Yo:

La muerte fue benévola. Se le escapan los detalles.

El otro:

Siempre algo que decir. Dientes chiquitos royendo.

Yo:

No sabía adónde poner el pie. Un asco. Lamenté haber despertado esa mañana.

El otro:

Es tan patético saberlo todo.

Yo:

Todo. Y estar así paralizado.

El otro:

Y estar así sin cuerpo.

Yo:

Pero querer ir siempre más allá. La belleza de lo que no se tiene. No ver.

El otro:

La calle que le falta, frambuesita aplastada en la calle.

Yo:

Desear no haberlo visto nunca así. Ni de ninguna manera.

El otro:

Y ha perdido el Paraíso.

Yo:

Un hilo de vómito en su comisura.

El otro:

Su espalda.

Yo:

Mirar más allá sus ojos, esos ojos, mientras sus encías y mientras todo eso, pero no se sabe.

El otro:

A ciencia cierta, nunca se sabe. Discutirlo todo. ¿Qué es la ciencia?.

Yo:

so l e d ad s i e m p r e.

El otro:

Dispersa como el aire.

Yo:

En el aire. No fue así. Simplemente nada fue así.

El otro:

Una fiesta. Mi olor la persigue.

Yo:

Lamentar tanto cruzar la mirada. Y nada.

El otro:

Lo inmaterial.

Yo:

Desear lo inmaterial. Odiar.

El otro:

Yo.

Yo:

Odiar, olor, suciedad, humedad, dolor, marca. Vómito asqueroso sobre vómito asqueroso. Inmovilidad. Asco. Deseo. Contractura. No ser. Que todo no sea. Que nada sea. Y por qué se puede seguir. Lo inmaterial, preciosa. Silencio. Interpretación. Espera. La espera infinita del tejido infinito. Golpes ficticios en una puerta tal vez real. 15 centímetros de nada. Distancia verdadera, incierta pero constatable. Un océano seco. Sé su esclavo. Todo tal vez. Queda tan mal hablar así, tanto de mí. Pero no estoy hablando. Gritarle al vecino para que deje de cantar. Revolearle los tomates verdes por el hueco del edificio, porque no se calla, no se calla, no se calla. Una verdadera lástima. Desear estar en otra parte y ser otro de mentira, preciosa. Y gritar la espalda, la contractura, haber caído uno encima del otro, como bolsas de papas, o como un caballo. Mentiras. Relato de mentira. Quién sabe. Las dudas acomodadas en mi biblioteca. Si todo fuera mentira. Invierno, verano, invierno. Mi olor la persigue. La selva, las fotos. Qué más decir del asco. Una patadita debajo de la mesa. Qué estupidez, si no hay cuerpo. Muriéndose, aunque no, en realidad no. Aunque sí. Sí qué. Desear. Seducir con la enfermedad y el vómito. Descomposición que sucede. Aún no. El fin, el silencio. No decir más. Salir, saltar, acabar, afuera. Saltar sobre el afuera. Olor a perfume en sus manos. Desear lo que es nada. A lo mejor no. Y también la muerte, y también ser mía. Suprimir la espera. Yo qué sé. Sopesar y elegir, cada uno con su cabeza. Saltar sobre el pobre como sobre una cucaracha. Amanecer cucaracha aplastada. Convulsiones, parálisis. Creo que está muerto, aunque creer es reventar, como la cucaracha. Pisotearla hasta desmaterializarse.

El otro
Necesito tu sangre.

Yo:

Píncheme ahora, enfermera.