Un joven yuppie queda varado en un viaje por tierra y encuentra, hospedado en una pobre fonda de camino, nada menos que a su padre, quien lo abandonó cuando tenía once años. Al ser forzados por las circunstancias a permanecer en la misma habitación, inician una mutua diatriba constante entre dos personas que parecen defender posiciones ideológicas, pero que en verdad sólo se atacan por revancha y cobardía. Así Adrianzén narra, escondida entre criterios políticos, la historia de un niño abandonado por un padre egoísta, del cual finalmente reclama atención o al menos, algún tipo de comunicación. Tras este enfrentamiento incruento, el padre vuelve a huir. La obra se estrenó en febrero de 1996, en Lima.
Escenario único:
Un cuarto de depósito ubicado en la parte trasera de un restaurante de la carretera
Panamericana Norte. Hay un catre viejo, una mesa, sillas, cajones. Puede optarse por crear
toda una ambientación realista, o bien dejar el escenario sólo con la utilería que
será usada por los personajes.
La acción transcurre durante toda una noche de invierno de 1995. En algún punto del
camino muy cerca de la localidad de Huarmey, en la costa de Ancash.
INTRODUCCION
Oscuro. Se escucha una transmisión en idioma inglés: el Apolo XI está comunicándose
con la tierra el día que llegó a la luna. El audio empieza a mezclarse con la música.
Se distingue la silueta de un cosmonauta en otro nivel del escenario o bien en uno de los
ángulos totalmente vacío, con un juego de luces que nos dé la sensación de un lugar
árido. El cosmonauta está inmóvil al inicio y poco a poco empieza a moverse lenta pero
suavemente, como si no tuviera peso. La música y el audio en inglés suben de volumen a
medida que la luz baja y hace desaparecer poco a poco la silueta del cosmonauta. Oscuro
total.
ACTO UNICO
Se abren luces. Ana entra seguida de Roberto. Este lleva un par de bolsones sport que
contienen su equipaje y un teléfono celular pegado a la oreja.
ANA: Es todo lo que podemos ofrecerle. Casi nunca tenemos huéspedes.
Roberto asiente distraídamente a todo lo que Ana dice. Está pendiente en su
conversación telefónica, casi a gritos.
ROBERTO: Aló. Aló? ¡Aló, Arturo! Me escuchas? ¡No me vengan con que falla la
batería! ¡Aló!
ANA: El ómnibus es incómodo para dormir. Acá tiene todo el espacio del mundo para
echarse.
ROBERTO: Arturo? ¡Arturo, se supone que este modelo tiene alcance hasta Iquitos y estoy
cerca de Huarmey! Qué? ¡Hay interferencia! Aló? Que dónde es Huarmey? ¡Al norte,
animal, en la costa de Ancash! Aló? ¡Sí, Ancash tiene costa! ¡No, no es el callejón
de Huaylas! ¡Estoy a cien metros de la playa y ni siquiera hay cerros que impidan que
escuche como se supone debería escucharse! Aló? Sigue la interferencia. ¡Aló!
ANA: Qué graciosos los telefonitos esos. Parecen de juguete. En Lima hay bastantes, no?
Claro: es tan grande.
ROBERTO: ¡Arturo, si esta mierda no funciona bien pasaré el papelón del año en Huaraz!
Aló? ¡No te oigo! ¡Habla con la gente del satélite o perdemos el negocio! Más tarde
llamo. Aló? ¡Te digo que más tarde llamo, y si la interferencia sigue tomo un ómnibus
de regreso a Lima! Que no puedo? Quieres ver cómo lo hago? Aló? ¡Aló!
Roberto se da por vencido y corta la comunicación.
ANA: No funciona bien?
ROBERTO: ¡Solo eso me faltaba! Encima que se malogra el ómnibus. Odio viajar por tierra.
ANA: Y por qué no usó avión?
ROBERTO: No hay vuelos de Lima a Huaraz.
ANA: Primera vez que visita Huaraz?
ROBERTO: Segunda. La primera fue a los catorce años, con mi familia. (Recién repara en
el lugar. Disimula su desagrado) Tráigame una frazada más. Soy friolento.
ANA: Sí, sí, ahorita Gabriel le trae, y una almohada también. No se preocupe por el
colchón. Es limpio, no tiene chinches. Esto lo usamos como depósito del restaurante.
Usted es vendedor?
A Roberto le parece impertinente. La lleva con diplomacia.
ROBERTO: Represento a una empresa de telefonía celular.
ANA: Cómo "representa"?
ROBERTO: Voy a cerrar un negocio en Huaraz. Un grupo de clientes va a comprarnos un lote
de líneas de teléfonos celulares. Si es que funcionan.
ANA: ¡Ah! Entonces usted vende teléfonos. Son caros?
ROBERTO: Cuánto te debo?
ANA: No sé... diez soles está bien? Ahora, si me deja meter otro pasajero a dormir con
usted nada más le cobro cinco.
Roberto saca su billetera y le da los diez soles. Ana los recibe.
ANA: Desea comer algo? Gabriel cocina rico. Hoy hizo patita con maní, le quedó muy
buena.
ROBERTO: Gracias. No como de noche.
ANA: También hay locro con huevo frito. O si desea le prepara una chita encebollada.
ROBERTO: Solo quiero unas galletas de soda y una gaseosa. Y la frazada por favor.
ANA: Sí, sí. Ya viene.
Roberto respira hondo tratando de relajarse. Se fija en una de las paredes pintadas
ROBERTO: Parece el Kamikaze. Una discoteca en el Cusco.
ANA: A mí la verdad no me gusta esa pintura. Mucho colorinche y ni se entiende.
ROBERTO: Típico setentas. Le llamaban pintura psicodélica.
ANA: Gabriel las pintó. Le encantan esas cosas. Mientras viene con su frazada voy
acomodando. Debe estar atendiendo a los otros que se quedaron varados con usted.
Ana se pone a tararear una melodía tipo trova mientras acomoda cosas. Roberto repara en
ello. Se sorprende.
ROBERTO: Te gusta esa canción?
ANA: La oigo siempre.
ROBERTO: Todavía la pasan por radio? Es antigua.
ANA: Gabriel siempre la canta. Dice que la hizo, pero yo no le creo.
Roberto queda helado al escuchar esto.
ROBERTO: Gabriel qué?
ANA: Almeyda. Gabriel Almeyda.
ROBERTO: El cantante.
ANA: ¡No! Gabriel el cocinero.
ROBERTO: Gabriel Almeyda.
ANA: El cocinero, el pintor. El que va a traerle las frazada. ¡Mi marido, pues!
Roberto está chocado. Suena el celular tres o cuatro veces y no contesta. Ana se
extraña.
ANA: Su telefonito está sonando.
Roberto se ha quedado inmóvil, como pasmado.
ANA: No quiere contestar?
Roberto aprieta un botón y corta la llamada. Queda de espaldas a Ana. Aparece Gabriel con
una frazada.
GABRIEL: La frazada que falta.
ANA: Gabriel, el joven vende teléfonos.
GABRIEL: Ah sí? Verdad que ahora se llevan en la mano y los usan hasta en el water. Oiga,
para mí que su ómnibus no llega ni a Casma de tan malogrado que está. Le aconsejo que
mañana temprano haga trasbordo.
Roberto tiene pánico de voltear. Quiere que se vayan.
ROBERTO: Yo me hago la cama. Gracias.
ANA: Dice que eso de la pared se llama pintura psicológica. Y conoce la que dices que es
tu canción. La de la flor.
GABRIEL: Quizás la escuchó cuando era niño.
ROBERTO: (Conteniendo su nerviosismo) Me dejan solo?
A Gabriel le llama la atención que Roberto no voltee. Vuelve a sonar el celular. Roberto
contesta refugiándose en él.
ROBERTO: ¡Aló! Arturo??
A Roberto se le cae el celular de los nervios. Gabriel se lo recoge de amable y se ven las
caras. Roberto ya no tiene dudas. Gabriel nota algo en él, pero todavía no sabe qué.
GABRIEL: Ojalá no se haya roto.
ROBERTO: Aló. Arturo?
No hay respuesta. Gabriel mira alternativamente a Roberto y al celular. Roberto se lo
ofrece, sin mirarlo.
ROBERTO: Llame a donde quiera. Para ver si funciona.
GABRIEL: (Se encoge de hombros) No tengo a quién llamar.
ROBERTO: Alguien a Lima, quizás?
GABRIEL: Menos. Además no me gustan esas cosas.
Recién Gabriel empieza a reconocer vagamente a Roberto. Este se da cuenta y voltea la
cara. Gabriel empieza a asustarse.
GABRIEL: Cómo se llama usted?
ANA: Gabriel, el joven quiere descansar.
GABRIEL: Solo quiero que me diga su nombre.
Roberto vence su miedo. Voltea. Se quedan mirando unos segundos. Gabriel siente que ya no
necesita preguntar.
GABRIEL: Vete Ana.
ANA: Se conocen? ¡Ah, era eso!
GABRIEL: Vete Ana.
Ana los mira intrigada y se va. Gabriel está emocionado y nervioso. Roberto trata de
mantener la serenidad.
ROBERTO: Estoy muy cansado. Odio las carreteras y por eso veo espejismos. Eres una
ilusión óptica. En tres segundos vas a desaparecer.
GABRIEL: Roberto...
ROBERTO: Estoy en una situación totalmente inverosímil. Nunca viajo en ómnibus. Nunca
me he quedado plantado de noche. Nunca pretendería dormir en una pocilga como esta. Por
tanto nada puede ser cierto. Es una pesadilla. Apenas el ómnibus caiga en un bache
despertaré.
GABRIEL: Era una posibilidad entre mil millones.
ROBERTO: Y si eso le sumas la estadística, es ridículo.
GABRIEL: Roberto---
Suena el celular rompiendo la atmósfera.
GABRIEL: No contestes.
Roberto duda unos segundos y aprieta el botón que cancela la llamada. En vez de hablarle
a Gabriel de frente sigue con la oreja pegada al celular, como si le hablara al aparato.
ROBERTO: Cuándo regresaste al Perú? Qué haces acá?
GABRIEL: Puedes mirarme a la cara?
ROBERTO: Todavía te pareces mucho a tus fotos.
GABRIEL: Tú también un poco. Aunque hayan pasado quince años. Mírame a la cara,
Roberto.
ROBERTO: La chica es tu mujer?
GABRIEL: Usabas el pelo largo como yo. Voltea, sí?
ROBERTO: Es evidente que no trajiste a esa tal Ana de Europa.
GABRIEL: Estuve con su madre hasta que se reconcilió con el marido y los dos se fueron a
trabajar a la selva. Anita se quedó y se enamoró de mí cuando le recité a Neruda. Te
acuerdas? Tú también leías Neruda. Y si en diez segundos no me miras a la cara, voy a
meterte ese teléfono por el culo.
ROBERTO: La misma pinta de las fotos. La historia no pasó por ti. Hasta parece el mismo
pantalón acampanado.
GABRIEL: Es el mismo pantalón. Tu madre me compraba ropa de buena calidad
Roberto por fin voltea a mirarlo. Su frialdad es tan perturbadora como las ganas
contenidas de abrazarlo de Gabriel.
ROBERTO: Dónde estabas antes de volver?
GABRIEL: Se te ve muy bien. De veras. Demasiado bien.
ROBERTO: Esta situación no tiene ninguna lógica.
Roberto coge su equipaje para irse. Gabriel le impide el paso.
GABRIEL: No.
ROBERTO: No estoy molesto. Pero es ridículo. Tú recuerdas a un niño de once años y yo
no tengo nada que ver con eso. Haz de cuenta que no nos vimos nunca. Para qué?
Entra Ana con las galletas y la gaseosa. Roberto disimula.
ANA: Sus galletas. En serio no desea comer nada? Gabriel puede hacerle una tortilla de
camarones. ¡Unos camarones fresquitos y grandazos! Yo misma los recojo del río.
GABRIEL: ¡Ana, ya no regreses!
ANA: Estás pálido. Otra vez te duele?
GABRIEL: No pasa nada.
ANA: Te está doliendo. ¡Esa cara la conozco! Mañana anda a la posta a que te chequeen.
GABRIEL: ¡Sal por favor!
Ana sale.
ROBERTO: Estás enfermo?
GABRIEL: Cómo es eso que vendes teléfonos?
ROBERTO: Es un viaje de negocios. Estás enfermo?
GABRIEL: Qué estudiaste?
ROBERTO: Economía. Me recibí el año pasado.
GABRIEL: Economista. Tenía que ser. Por algo eras campeón de Monopolio. Qué
universidad?
ROBERTO: La del Pacífico
Gabriel se fija más en su impecable ropa y estilo.
GABRIEL: Tu madre hizo una buena inversión casándose con Carlos.
ROBERTO: Cómo sabes que se casaron?
GABRIEL: La rondaba antes de que me fuera. Lo llamas "papá"?
ROBERTO: Me pagó la carrera. Hace años que trabajo, me compré un departamento y vivo
solo. No dependo de nadie.
GABRIEL: Un departamento. Tanto ganas?
ROBERTO: No tanto como merezco. Pero ahí vamos.
Gabriel empieza a sentir una mezcla de rabia e ironía. La única válvula de escape de
ambos es la agresividad.
GABRIEL: Si querías vengarte de mí te salió excelente.
ROBERTO: Cuándo volviste de Alemania?
GABRIEL: Hace tiempo.
ROBERTO: A mamá le dijeron que te habían visto en Nicaragua.
GABRIEL: Ah sí?
ROBERTO: Años después oímos que estabas en El Salvador con unos guerrilleros. Y a
mediados de los ochenta nos contaron que vivías en Cuba.
GABRIEL: Y te mandé una postal de Bonn
ROBERTO: Con la cara de un gordo tomando un chopp. De dónde la sacaste?
GABRIEL: No era de Bonn. Es fácil engañar a un niño. Me escribiste?
ROBERTO: Las cartas volvían con el sello de dirección inexistente.
GABRIEL: Y qué decía Marta?
ROBERTO: Que seguro escribimos mal la dirección porque el alemán es un idioma muy
difícil.
GABRIEL: Y también se tragó lo de la gira.
ROBERTO: Totalmente.
GABRIEL: Qué hábil soy. Nadie iba a encontrarme nunca.
ROBERTO: Pero te jodí el gran finale. Ya no podrás pensar en mí como un niñito en tu
lecho de muerte. Mi metro setenta ha contaminado de realidad tus recuerdos. No tienes
miedo?
GABRIEL: De?
ROBERTO: De morirte. ¡Idiota, tienes cáncer!
GABRIEL: Vas a pagarme un viaje al hospital de Houston?
ROBERTO: ¡Claro que no! Pero no dejo de admirar tu sangre fría.
GABRIEL: Así somos las amebas. Las malaguas. Viscosos, babosos. Nos dejamos llevar por la
corriente marina y acabamos varados en las playas de Ancash. Qué diferencia hay si me
muero?
ROBERTO: En verdad no mucha. La vida de un zapallo es más divertida que la tuya.
GABRIEL: Quizás si tuviera auto, un departamento de soltero y un trabajo en dólares me
daría mucha rabia morir. Por eso te llevo ventaja. No tengo nada que perder.
ROBERTO: Algún chofer de Roggero extrañará tu sazón.
Pausa. Ambos están sentados en el catre, de cara al público.
GABRIEL: En un rato amanece.
ROBERTO: Debería sentir frío.
GABRIEL: Qué tal tu último cumpleaños?
ROBERTO: Por qué?
GABRIEL: Cumpliste veintiséis. Es una fecha importante. Veinte de julio. El día de la
luna!
ROBERTO: Siempre hablabas de eso.
GABRIEL: Tú no sabes lo importante que fue para mi generación ver como llegaban a la
luna.
ROBERTO: Esa historia ya la sé.
GABRIEL: Marta estaba fuera de cuenta. Ya podías nacer en cualquier momento, y lo lógico
era quedarse en casa y moverse lo menos posible.
ROBERTO: Pero ustedes no tenían televisor.
GABRIEL: Y en la Feria del Pacífico habían puesto una pantalla gigante.
ROBERTO: Y Tú, sádico, arrastraste a Marta con panza y todo hasta Maranga para ver en
pantalla gigante como llegaban a la luna.
GABRIEL: Eran las dos de la tarde. La Feria estaba llena, todos mirando. Y en el momento
exacto en que Neil Armstrong puso la pata en el suelo lunar...
ROBERTO: Marta tuvo las primeras contracciones.
GABRIEL: Pero yo le dije: aguanta un poco que ahorita sale Aldrin.
ROBERTO: Y Marta aguantó. Aldrin salió y se puso a dar volantines con Armstrong.
GABRIEL: Y en la Feria todos estábamos emocionados, hasta las lágrimas.
ROBERTO: Y Marta a punto de parir mirando como saltaban cual conejitos.
GABRIEL: Pero le dije: aguanta otro poco que ahorita sale Collins.
ROBERTO: Y Marta aguantaba mirando como todos los cojudos alrededor suyo seguían llorando
emocionados, comenzando por su marido.
GABRIEL: Y la luna parecía cubierta de talco.
ROBERTO: Y Collins no bajaba.
GABRIEL: Y entonces a Marta se le rompió la fuente estando de pie.
ROBERTO: Y gritó. Y la hicieron callar.
GABRIEL: Y tuvimos que irnos.
ROBERTO: Y nadie quería ayudar, porque todos seguían mirando la pantalla.
GABRIEL: Horas después, a las once de la noche, antes que acabe el día, había nacido mi
primogénito. El mismo día en que el hombre llegó a la luna.
ROBERTO: Y Collins nunca bajó. Qué huevón.
GABRIEL: Fue el mejor día del mundo.
ROBERTO: Ahora dime la verdad.
GABRIEL: Marta y yo teníamos problemas.
ROBERTO: La verdad.
GABRIEL: Ya todo estaba pasando. Velasco había caído. Morales prometía elecciones, la
gente empezó a cambiar los discursos. Yo había trabajado mucho con SINAMOS en arte y
cultura. Iba a ser de los primeros vetados.
ROBERTO: Te hubieras acomodado. Tus amigos lo hicieron.
GABRIEL: Prefería hundirme con el barco aunque sólo fuera una rata. Sabía que nadie iba
a agradecerme. Debe ser imposible de entender en esta época. Ya no digo "nosotros
éramos así". Ahora digo: yo soy así.
ROBERTO: No lo supiste manejar.
GABRIEL: Nunca aprendí a manejar un Volkswagen, menos la historia. Me gustaba la idea del
cantante que se echa a recorrer el mundo con su guitarra al hombro. Un día me miré al
espejo y dije: soy un anciano de treinta y tres años. Qué hice? En algún lado tenía
que haber una respuesta. Lo de la gira a Alemania fue mentira solo en parte. Hice los
contactos. Pudo resultar. Pero un día vi en el cine un noticiero de El Mundo al Instante.
Había una nota de cantantes sudamericanos en una ciudad alemana con nombre de embutido.
Parecían monitos de zoológico cantando con su bombo y una pandereta hecha con chapas de
Coca Cola. (Pausa breve) De lo único que me arrepentía a veces es de haber dejado atrás
a tu madre y a ti. Pero sólo a veces. Talara era bonito. Siempre hacía calor. Hasta que
años después desperté y vi que no había compuesto una canción desde mi fuga.
ROBERTO: Todavía eras joven.
GABRIEL: Y todavía no me siento viejo. Cumpliré los ochenta y seguiré sintiéndome como
el día de la luna.
ROBERTO: Olvídate. No llegarás.
GABRIEL: (Desprevenido) Por qué?
ROBERTO: No que tienes seis meses de vida??
Gabriel cae en cuenta de su metida de pata
GABRIEL: ¡De pronto... un poquito más! Un año... dos...
ROBERTO: Tanto?
GABRIEL: Por qué? La ciencia avanza y...
Roberto empieza a desconfiar
ROBERTO: ¡El cáncer avanza más rápido!
GABRIEL: Y ya quieres matarme hoy mismo si es posible?
ROBERTO: ¡Oye pendejo! Vas a morirte o no vas a morirte?
GABRIEL: ¡Todos vamos a morir!
ROBERTO: ¡Como hayas mentido, te---!
GABRIEL: No te alegraría saber que no estoy enfermo?
ROBERTO: Sabes algo de los cocodrilos?
GABRIEL: Que están en el gobierno.
ROBERTO: Me acuerdo de un especial de la National Geographic que vi de chico. La cocodrila
hace el nido en una orilla, pone los huevos y los deja solos. Cuando los cocodrilitos
nacen, tienen que llegar hasta el agua arrastrándose, desesperados. En el camino a
algunos se los comen los pájaros. Otros se pierden. Pero los que llegan al agua tampoco
están a salvo, porque es ahí donde están los enemigos más peligrosos: los cocodrilos
adultos. A éstos les encanta comerse a los pequeños. Su carne es suave y no tienen
coraza. Sólo piel. Son blandos. Y otros muchos mueren antes de llegar a la juventud. Pero
conforme pasa el tiempo su piel va poniéndose más dura. Puntuda. Ya no es tan fácil
comérselos. Ya duele. Entonces los adultos empiezan a aceptarlos como sus iguales. Hasta
que un día, después de muchos sustos, el cocodrilito nota que su piel se convirtió en
coraza y ya no podrán comérselo. Ha crecido y se alegra de ser duro. Y no extraña su
piel suave, ni nunca más quiere ser blando. Quiere vivir.
Empieza a filtrarse luz de afuera.
ROBERTO: Chau.
Roberto le ofrece la mano. Gabriel se la estrecha. Intenta un tímido gesto que sugeriría
un abrazo. Roberto lo adivina.
ROBERTO: Así nomás. No lo arruines.
GABRIEL: Chau.
Se sueltan la mano. Roberto coge sus cosas y se fija por la ventana. Entra música.
ROBERTO: Debería sentir frío. Pero no. Qué raro.
Roberto sale. Gabriel queda solo. Coge el celular roto y lo queda mirando. Entran las
voces en inglés de transmisión de la llegada del hombre a la luna y empiezan a mezclarse
con la música. Las luces bajan poco a poco. Oscuro
EPILOGO
Luces. Meses después. Entra Ana seguida del agitado Roberto. Lleva una maleta bastante
grande.
ROBERTO: Va a demorar?
ANA: Creo que sí.
ROBERTO: Fue a comprar a Huarmey?
ANA: Qué traes?
ROBERTO: Un regalo. A qué hora crees que llegue?
ANA: Regalo?
Roberto saca un equipo telefónico tipo motorola de su maleta.
ROBERTO: Una línea celular con baterías. Solo tienen que conectarlas a cualquier fuente
de luz para cargarlas. Tiene un alcance hasta ochocientos kilómetros. Es el modelo más
reciente y avanzado que tenemos.
ANA: O sea que puede hablarse hasta Lima.
ROBERTO: ¡Fácil! El viajecito me dio hambre. Prepárame una tortilla de camarones
mientras llega.
ANA: El sabía que ibas a regresar.
ROBERTO: (Despreocupado) Ah sí?
ANA: Por eso se fue.
ROBERTO: Acaso sabía cuándo yo llegaba? Es sorpresa.
ANA: Se fue tres días después de esa noche. Dijo que para siempre.
Roberto queda estático.
ROBERTO: Y no dejó dirección.
ANA: Nada. Pero no parecía triste.
ROBERTO: Tienes alguna idea dónde?
ANA: No. Solo dijo que en alguna carretera por ahí. Camino a un sitio donde los platudos
siempre lleguen en avión.
ROBERTO: Entiendo.
ANA: Mándalo buscar. No por mí. Mejor haberme librado de él.
ROBERTO: No.
ANA: Hay noches que lo extraño. Voy a vender el restaurante, buscarme a otro. De repente
tener un hijo.
ROBERTO: Se fue a la luna.
ANA: Gabriel siempre estuvo ahí.
Suena el celular. Roberto no contesta. Ana sale. Roberto contesta al quinto llamado.
ROBERTO: Arturo. Probando el alcance, ajá. Se escucha muy bien. Limpio. Sin
interferencia. Como si estuviéramos hablando frente a frente. Clarísimo. Ha quedado bien
el modelito. Si lo siguen perfeccionando, en un par de años estaremos llamando al espacio
con un simple teléfono. De repente hasta la luna. Te imaginas? Una línea celular que
llegue hasta la luna. Por qué no? De pronto alguien contesta. Puede haber sitios allá
que quizás no conocemos. Sitios cálidos, sin viento. Valdría la pena intentarlo. No
crees? A veces hace mucho frío aquí abajo. Mucho frío. Aló?
Roberto se queda con el oído pegado al fono. Entra música y bajan luces.
FIN